EL Ermitaño

El Ermitaño es la carta número 9 del tarot. Es uno de los 22 arcanos mayores y representa la introspección, la meditación en solitario, la necesidad de autoconocimiento, de retiro del mundo para entender mejor lo aprendido y asimilarlo. Como el Loco, es un caminante; la capucha de monje, prototipo del tocado del Loco, nos conecta con los hermanos del espíritu.
 
Pero la marcha de este viajero es más comedida que la de aquel joven loco. No mira por encima del hombro, aparentemente, no necesita ya considerar lo que dejó atrás, asimiló la experiencia del pasado. Tampoco necesita escudriñar horizontes lejanos en busca de poderes futuros. Parece contento con el presente inmediato. Sus ojos están muy abiertos para percibirlo sea lo que sea. Va a captarlo y lidiarlo de acuerdo con su propia iluminación.
 
La práctica de distanciarse del mundo para entrar en contacto con facultades espirituales, meditar y tener un despertar místico es muy común y fue usada tradicionalmente con chamanes, anacoretas, monjes y demás figuras espirituales. Representa el arquetipo del Viejo Sabio. Encarna una sabiduría que no se encuentra en los libros. Su don es elemental y no tiene edad, como el fuego de su lámpara. Es hombre de pocas palabras, vive en el silencio de la soledad, el silencio anterior a la creación solo del cual puede tomar forma un nuevo mundo. No nos trae sermones, se ofrece a sí mismo. Por su simple presencia ilumina la búsqueda temerosa del alma humana y calienta los corazones vacíos de esperanza y de sentido. Se distingue del Papa en que este monje no está entronizado como portavoz y árbitro de las leyes generales; se distingue de la Justicia en que no lleva ninguna balanza en la que pesar nuestros imponderables. Esta figura se nos muestra muy humana, caminando sobre el suelo e iluminando los pasos solo con la luz de su pequeña lámpara.
 
Su lámpara parece un símbolo adecuado para la introspección del místico. Mientras que el Papa enfatiza la experiencia religiosa bajo las condiciones que prescribe la Iglesia , el Ermitaño nos ofrece la posibilidad de la iluminación individual como una potencia humana universal, una experiencia no limitada a santos canonizados sino alcanzable, en algún grado, para toda la humanidad. La llama de la linterna que sostiene el Ermitaño podría representar la quintaesencia del espíritu inmanente en toda vida, el fugaz quinto elemento que trasciende de los cuatro de la realidad mundana, nos ofrece esta luz interior, cuya llama dorada, por sí sola disipa el caos espiritual y la oscuridad. Esta llama está parcialmente oculta por una cortinilla que la protege de los elementos, y quizá también para que su brillo no ciegue al Ermitaño o deslumbre a aquellos que encuentre por el camino. Sabe que su fuego ha de controlarse para que sea útil. Controlado puede protegerle y calentarle; descontrolado puede convertirse en una bestia que lo devore y destruya su mundo. Una de las cortinas de la lámpara del Ermitaño es rojo-sangre, de manera que la luz que se ve a su través esté en contacto con el color carne y la sangre de la humanidad, teñida con las pasiones y compasiones que se destilan de la experiencia de una vida. Los otros colores de la carta nos hablan de un acercamiento que es natural más que filosófico y abstracto. La capa del monje es azul celeste color del Espíritu Celestial. El forro es amarillo, sugiriéndonos la conexión con el oro filosofal, esa sustancia preciosa que los alquimistas intentaron descubrir y liberar. Un anciano sostiene con su mano derecha una linterna, mientras que con la derecha se sustenta en un largo bastón.
 
Se trata de una de las cartas más austeras de toda la baraja. En la versión de Marsella se destacan los numerosos pliegues del traje del ermitaño que, junto con las arrugas de su frente, nos avisan sobre su ancianidad y sabiduría.
 
Una de las maneras de interpretar erróneamente el sentido de estos personajes arquetípicos es pensar en tal figura de manera literal y no simbólicamente.
 
Identificarse con un arquetipo a cualquier edad puede tener fatales consecuencias.
 
El hecho cierto es que un personaje arquetípico es sobrehumano. Uno no puede jamás convertirse en una figura arquetípica. Cualquier intento en este sentido carece de esperanza y tiene elementos de tragedia. Pero cuando un joven reemplaza la capucha del feliz Loco por la del Ermitaño, el resultado es doblemente penoso, porque ha abandonado en el camino las potencialidades doradas propias de la juventud. Es como si su calendario interior se hubiera quedado revuelto.
 
ermitaño

Una mirada a los dulces ojos de este monje nos indica que ha caminado con esfuerzo a través de los siglos, no para predicar ni para reprendernos por hacer algo mal. Él quiere saber y va aceptar cualquier respuesta que le demos incluso el silencio si es esto todo lo que tenemos que ofrecerle. Sus ojos miran sin miedo, con calma, llenos de admiración, completamente abiertos. Podemos imaginar que su mente y corazón están igualmente abiertos. Su expresión puede combinar la admiración de la niñez con la paciencia de la experiencia.
 
En muchos otros aspectos, este extranjero parece encarnar aspectos de los dos polos opuestos del ser. Su barba y su lámpara nos sugieren la enseñanza y el espíritu masculinos, el fogoso yang, el polo positivo de la energía, mientras que su airosa capa y su gentil ademán nos indican una relación cercana al oscuro yin, la terrenal naturaleza femenina.
 
El Ermitaño del tarot puede, pues, simbolizar la humanidad que camina solitaria por esta tierra, llevando solamente la pequeña luz de la consciencia diaria para iluminar la creciente masificación que trata de apoderarse de este mundo
 
El nueve representa la altura máxima del poder alcanzado por un solo número. Podemos observar el número nueve como símbolo del punto más alto de la consciencia que puede alcanzar el Ermitaño, como hombre, hasta que pueda enfrentarse a otra criatura que tenga igual capacidad de comprensión, o bien hasta que pueda descubrir, dentro de su propia psique, dimensiones de conocimiento desconocidas hasta ahora. El número nueve es también un número de gestación humana. Es también el número nueve un número de iniciación, puesto que simboliza el viaje del iniciado hacia su autorrealización. Sea cual sea la circunstancia en la cual el iniciado empiece su viaje y sea cual sea la experiencia que encuentre en su camino, al final debe, también él volver hacia sí–mismo.

 

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