La Historia del Tarot

Se atribuye a Antoine Court de Gébelin, en su monumental obra Monde Primitif (1781), la primera descripción escrita del juego de Tarot; también podría atribuírsele la responsabilidad de su leyenda, lanzada tan espontánea como gratuitamente. En el tomo VIII de Monde, Gébelin asegura que el Tarot sería nada menos que él «único libro sobreviviente de las dispersas bibliotecas egipcias», aunque no aporta la menor prueba en defensa de su arriesgada teoría.
 
Mérito de Gébelin fue, sin duda, reparar por primera vez en la riqueza simbólica de las láminas, que descubrió por casualidad en la Camargue, donde los vaqueros las utilizaban para un rústico sistema de adivinación. Pero el destino de estas literaturas es a menudo equívoco y contradictorio: a Gébelin se lo recuerda menos por esta perspicacia que por su desmesurada ficción, ya que aquélla necesitó de las investigaciones contemporáneas para resurgir en toda su agudeza, mientras que la teoría egipcia gozó desde su lanzamiento de un siglo y medio de reiterado fervor.
 
Seguramente contribuyó a esta superchería el clima de la época, el gusto por los disfraces caprichosos que caracterizó al ocultismo de salón. El hecho es que tras las huellas del autor de Monde Primitif puede citarse a una constelación de ágiles embaucadores, a cuyo frente merece figurar Etteilla, reconstructor de un Tarot galante y arbitrario, que tuvo sin embargo la fortuna de convertirse en naipe favorito de los adivinos, y fue usado por los más célebres de ellos incluida la deslumbrante mademoiselle Lenormand. Etteilla -que en realidad se llamaba Alliette, y fue peluquero de la aristocracia francesa hasta el encuentro de su definitiva vocación-se convirtió rápidaLa Historia del Tarot 02mente en el pope de la cartomancia, y desorbitó las presunciones de Gébelin en numerosos escritos, en los que proclamó al Tarot como al libro más antiguo del mundo, obra personal de Hermes-Thot en la remota infancia de la humanidad.
 
Un paso más allá se arriesgó Christian (Histoire de la Magie, 1854), imaginando las ceremonias de iniciación en el templo de Memphis, que habrían estado presididas por los veintidós arcanos, cada uno de los cuáles equivalía a una llave de la revelación. Cuando la ruina faraónica, este compendio de conocimientos supremos habría pasado a los pitagóricos y los gnósticos, quienes a su vez lo dejaron en herencia a los alquimistas. Esta síntesis imaginativa de la prehistoria del Tarot, alcanzaría tiempo después su consagración por medio de Eduard Shuré, quien la repite puntualmente en Los grandes iniciados, acaso el primer best-seller que produjera el ocultismo.

 

Pero es a través de la obra de un sacerdote -increíble codificador de cuánto se conocía hasta entonces sobre ciencias ocultas-que el Tarot llegará al punto más alto de su prestigio mítico. El abate Constant, popularizado para el mundo bajo el seudónimo de Éliphas Lévi, hace de él la columna vertebral y el conductor secreto de su libro capital (Dogme et Rituel de la Haute Magie, 1856). Lévi asegura que el Tarot no es otro que él «libro atribuido a Enoch, séptimo maestro del mundo después de Adán, por los hebreos; a Hermes Trimegisto, por los egipcios; a Cadmus, el misterioso fundador de la Ciudad Santa, por los griegos», y desarrolla la teoría según la cual los arcanos consiguieron su envidiable supervivencia. El sabio cabalista Gaffarel, uno de los magos de la corte del cardenal Richelieu, habría probado que «los anLa Historia del Tarot 03tiguos pontífices de Israel leían las respuestas de la Providencia en los oráculos del Tarot, al que llamaban Théraph o théraphims». Cuando la destrucción del Templo, en el año 70, él recuerdo de los théraphims originales acompañó al pueblo elegido en su destierro, y su simbolismo -ya que no sus formas-se transmitió por tradición oral durante siglos. Los cabalistas españoles habrían reconstruido las tabletas, en un momento que podría ubicarse alrededor del siglo XIII.
 
Es evidente que el simbolismo de los arcanos se relaciona con grafismos primitivos y recurrentes, pero nada autoriza en la actualidad a pronunciarse por la continuidad histórica ideal que propone Lévi. Más coherente es atribuir la paternidad del Tarot al genio colectivo de los imagineros medievales, como sugiere Wirth, quienes dotaron de la bella forma que conocemos a un conjunto simbólico disperso, al que los siglos, el conocimiento iniciático de las corporaciones, la casualidad y el trabajo de reconstrucción de los eruditos de los últimos doscientos años, acabó por convertir en el rutilante mazo de 78 naipes que se conoce bajo el nombre de Tarot de Marsella.
 
 


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